Queso Oaxaqueño

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Oaxaca, tierra convulsionada y actual rehén de la sedición, es mucho más que foco de conflictos recientes. Ha aportado a la nación desde la tradicional Guelaguetza hasta sus delicias culinarias, como los tamales y el queso (ese enredo lácteo que evoca la situación política prevaleciente en la entidad), pasando por grandes personalidades de la diplomacia, como Matías Romero; de la filosofía, como José Vasconcelos; o de la política, como Benito Juárez y Porfirio Díaz, los personajes más importantes del México de la segunda mitad del siglo XIX.
Ambos, grandes patriotas que combatieron al enemigo externo con denuedo y arrojo. La historia oficial, redactada con el maniqueísmo propio de los vencedores, le ha dado, al primero, una corona de laurel, un lugar preponderante en el altar de la Patria, su efigie en el circulante y un Hemiciclo para honrar su memoria; al segundo, el desprecio y el destierro vergonzoso, donde aún sus restos purgan el veredicto infame del juicio sumario de la historia.
Se conocieron en su tierra, ambos de origen muy humilde. Aunque no de la misma generación, sí contemporáneos: Juárez ya gobernador cuando Díaz apenas iniciaba en la carrera de las armas y la política, después de concluir sus estudios en el seminario.
Juárez, zapoteca, abogado y hombre de letras; Díaz, mixteco, militar y hombre de Dios. Ambos apoyaron fervientemente la causa nacionalista. El primero tomando decisiones y el segundo ejecutándolas en el campo de batalla, ante las dos invasiones extranjeras que ha sufrido nuestro suelo patrio: la norteamericana y la francesa.
Paradójicamente, ya como presidentes, ambos próceres se aliaron con esas potencias: Juárez con Estados Unidos, en busca de apoyo para defender la soberanía americana de la intervención europea; Díaz, con Francia y Europa, de donde recibió su influencia, quizá para contrarrestar la voracidad norteamericana.
Dicen los historiadores no oficiales ni oficiosos que la guerra con Estados Unidos la perdimos –y con ella la mitad de lo que fuera nuestro territorio– no por la superioridad bélica del enemigo ni por la falta de destreza de nuestro ejército ni por la “siesta” de Santa Anna en San Jacinto, donde fue hecho preso. No, no fue por eso, sino por la abulia de muchos mexicanos.
Oaxaca fue de los pocos estados que no se desentendió ni miró para otro lado con indolencia. Aportó dinero e hijos, pereciendo muchos de ellos con honor. En esa participación heroica bastante tuvieron que ver nuestros adalides: Juárez, como Gobernador, y Díaz en el batallón Trujano, a donde corrió después de colgar el hábito.
Oaxaca siempre ha sido un referente nacionalista predicando con el ejemplo. Ha aportado mucho a México, sobre todo hombres de talento (algunos esperando un juicio justo de la historia). Espero pronto se resuelva el conflicto. Va un voto de confianza a mi amigo el gobernador electo Alejandro Murat, con quien comparto ideales y sueños desde hace un par de décadas, para que con sabiduría desenrede esa bola de conflictos e intereses, más enmarañado que un queso de hebra oaxaqueño.

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