¿Preámbulo del 2018? ¡Para nada!

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No hay fecha que no se llegue ni plazo que no se cumpla. Finalmente, el próximo fin de semana se llevarán a cabo las multicitadas elecciones para renovar los poderes Ejecutivo y Legislativo locales en 12 entidades federativas.
La constante en esas campañas ha sido, desgraciadamente, la descalificación, la diatriba, la calumnia y la guerra sucia, a pesar de estar prohibidos en la ley esos ataques arteros. Ideas y propuestas sin duda también las hubo, pero fueron sepultadas por las gruesas capas de inmundicia lanzadas entre adversarios. Con ello sólo se consigue un desprestigio mayor de la política, una repulsión del electorado y una aversión en general hacia el servicio público, grave situación para un país en proceso de consolidación democrática, como el nuestro.
Es cierto, el acontecimiento no es cosa menor. Más de una tercera parte de los estados de la República Mexicana definirán su destino el próximo domingo. La lluvia de encuestas no se ha dejado esperar, presentando una conclusión incuestionable: todas las elecciones son de pronóstico reservado.
Los analistas políticos han dado rienda suelta a su imaginación con datos probados, escenarios posibles, resultados probables y combinaciones deseables. La mayoría de ellos coincide en afirmar: el desenlace electoral del domingo será el preámbulo al del 2018. Me permito disentir al respecto.
Cada elección es única e irrepetible. Candidatos no tan conocidos sacados del ostracismo han mostrado mejor desempeño proselitista sobre cartas más vistas y expuestas; figuras sanas, consolidadas y acreditadas han debido asumir el costo político del desprestigio de gobernantes anteriores, por el vínculo partidista y de filiación percibido entre ellos. Así es la política: caprichosa e impredecible.
Muchos factores alteran un resultado electoral, como la circunstancia prevaleciente y el ánimo popular. Pero el más importante de todos es el candidato. El entorno para dentro de dos años es incierto. Para la mayoría de los partidos, el nombre de quien aparecerá en la boleta con sus siglas aún es desconocido, por lo tanto conjeturar resultados con tanta anticipación en estos supuestos me parece aventurado y temerario.
Sin duda, eso sí, las próximas elecciones presidenciales serán sumamente competidas, como lo han sido las anteriores. Triunfará el candidato más identificado con el pueblo, más convincente y con más adeptos, aunque no sea necesariamente el más popular antes de iniciar la contienda. López Obrador, candidato autoimpuesto de Morena y en campaña ininterrumpida a lo largo de todo este siglo, seguirá bien posicionado en las encuestas mientras los demás partidos no definan a sus abanderados, aunque difícilmente incrementará una preferencia ya topada por una sobreexposición.
Tendrá posibilidades de triunfar el candidato que trascienda a los partidos, que sea factor de unidad, que tenga experiencia con resultados, que lleve una vida congruente, ejemplar e incuestionablemente honesta, y sobre todo, que contagie a México de optimismo, confianza y esperanza.

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