Instinto Animal

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Gobernar no solo es una actividad desgastante, compleja, desprestigiada y demandante, sino muy peligrosa. Escuchamos con frecuencia en las noticias, ya sin atisbo de asombro, ejecuciones de alcaldes, atentados contra legisladores, asesinatos de candidatos. Es tan riesgosa la actividad que, como si se tratase de un deporte extremo, las compañías aseguradoras difícilmente extienden una póliza a quienes practiquen la política.
 
Y sin embargo, no pierde su atractivo. Durante el siglo pasado más de 200 millones de personas perdieron la vida por culpa de políticos que buscaban acceder o conservar el poder. ¿Cuál es la razón que hace tan apetecible la política? ¿Qué secretos oculta tras el velo del servicio público que justifiquen el tamaño de las atrocidades y las amenazas?
 
Algunos, los más, podrían pensar en el dinero, asociado ineludiblemente al poder. Sin duda, muchos políticos encajan en este caso, sobre todo los de escasos escrúpulos; pero, ¿cómo explicar las ansias de ingresar al ruedo de la política de empresarios reconocidos, con un futuro ya resuelto?
 
Otros, los menos, podrían aducir una vocación genuina de aportación a la comunidad, de corregir lo negativo, de cambiar; un deseo filantrópico de ayudar a los demás, para con ello realizarse y trascender. Por su puesto que los hay, y puedo presumir de conocer algunos. De hecho, la posibilidad de este supuesto es una poderosa razón que me ofrece esperanza y conmina a seguir participando en la vida pública.
 
Arnold Ludwing, en su extenso tratado llamado “El rey de la montaña”, nos ofrece una explicación mucho más mundana, pragmática y sencilla: el hombre busca el poder porque es una instrucción integrada en su información genética. De hecho, al comparar el comportamiento político humano con el de los gorilas encuentra pocas diferencias.
 
En los varones, como en los primates machos, explica Ludwing, “una vez que el hipotálamo se activa y estimula a los testículos para que produzcan testosterona y otros andrógenos que incrementan la líbido, la agresividad y la competencia, son inducidos a la lucha por la dominancia y pierden todo sentido de perspectiva y racionalidad”.
 
En el caso del sexo femenino no se producen esas reacciones biológicas por razones obvias, ni existe el mandato alfamachista en los genes. Ésa es, quizá, la razón por la cual de los casi 2 mil individuos que gobernaron en el mundo durante todo el siglo XX,  únicamente 27 fueron damas, y la mitad de ellas asumió el poder por referencia de un hombre, principalmente por viudez o ser descendiente del caudillo.
 
El nuevo siglo nos ofrece una mayor madurez social. Las mujeres comienzan a participar más activamente en política. Sus intereses son más aspiracionales y racionales que genéticos o mezquinos. El ejemplo más palpable se está dando en nuestro vecino del Norte: la testosterona vulgar contra la sensatez.
 
Ejemplo claro y contundente de neuronas supeditadas a la testosterona: el gorila irracional buscando convertirse en líder de la manada sólo porque así se lo demanda su instinto animal.
 

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