El milagro de lo cotidiano

Ya lo había advertido José Revueltas: “la realidad tiene su lado moridor” y continuo con los transcursos de una vida llena de complicaciones, de libertinajes y de maneras no tradicionales, que vinieron a desembocar en este mundo lleno de artificios y simulaciones.

La verdad que tenía patente y que era lo que estaba en mi mente y correspondía a la realidad, es hoy día, y por poner un ejemplo simple, la diversidad de opiniones de un tema, asunto, negocio o cosa.

Es la justicia acomodada a los intereses, es la moral convertida en un árbol que da moras y es la estética lejos de la armonía interna y replegada a la sensualidad.

Los valores se acomodan a los estilos y las modas y cuando resultan aburridos se dejan tirados ante la excusa de los derechos “inalienables” de la individualidad acomodaticia y que se frieguen los demás, excepto cuando los necesite.

Habiendo tanto que componer en este mundo que da en llamarse moderno, pero que cada día se acerca a los tiempos del arrase y el caos, cabe cuestionar acerca de un nuevo modelo de sociedad que vaya avanzando a partir de esfuerzos e iniciativas individuales pero continuas y permanentes. No es el planteamiento ingenuo de una “Ciudad de dios “que representa la idea de una sociedad universal que escapa a los límites del espacio y el tiempo, pero que vive de todas maneras en el espacio y el tiempo secular, que habita en las almas de los individuos, donde tiene también su propia historia; pero debe además convivir con la ciudad terrena no solo en el plano individual sino también como un reino de carácter espiritual, según el pensamiento de San Agustín, pero si una sociedad bendecida, justa, trascendente y habitable que permita el pleno desarrollo de los seres humanos en un nivel de armonía que traduzca la felicidad, el entusiasmo, la cordialidad y la realización a tamaño y nivel de las personas.

Surge la propuesta que el milagro de lo cotidiano es la vida en sí y que es al mismo tiempo un misterio oculto en la existencia de cada uno al que podemos acceder desde la profundidad de nuestro corazón. Porque solo podemos amar realmente lo que tiene misterio, lo que nos invita hacia la hondura de la vida, hacia las raíces profundas de nuestro ser.

Una vida que se traduzca en algo útil al establecer los eslabones necesarios para formar una cadena interminable de acciones de beneficio colectivo y extrapolar eso a la ciudad, al estado y al país. No es utópico y solo requiere de la iniciativa individual y el compromiso.

Tan simple y sencillo como el discurrir diario de la familia o en el trabajo cotidiano, en el que se fraguan los grandes ideales personales y sociales que pueden conducir al encuentro con el honor, la fama, la notoriedad, la riqueza y el poder, que son modelos de vida o marcos de referencia buscados per se por muchos. La aspiración es legítima, pero la clave está en percatarse del peso que pueda tener la vida y el trabajo ordinarios para la obtención de esos logros.

Volviendo a San Agustín en la “Ciudad de Dios”, escrito en el siglo I de esta era, entendemos que poco hemos aprendido del paso del tiempo: “Si de los gobiernos quitamos la justicia, ¿en qué se convierten si no en bandas de ladrones a gran escala? Y estas bandas, ¿qué son sino reinos en pequeño? Son un grupo de hombres, se rigen por un jefe, se comprometen en pacto mutuo, reparten el botín según la ley por ellos aceptada. Supongamos que a esta cuadrilla sé la van sumando nuevos grupos de bandidos y llega a crecer hasta ocupar posiciones, establecer cuarteles, tomar ciudades y someter pueblos: abiertamente se autodenomina reino, título que a todas luces le confiere, no la ambición depuesta, sino la impunidad lograda. Con toda finura y profundidad le respondió al célebre Alejandro Magno un pirata caído prisionero. El rey en persona le preguntó: «¿Qué te parece tener el mar sometido al pillaje?» «Lo mismo que a ti -respondió- el tener el mundo entero. Solo que, a mí, como trabajo con una ruin galera, me llaman bandido, y a ti, como lo haces con toda una flota, te llaman emperador (De Civitate Dei IV,4).”

Vamos, pues, a disfrutar lo cotidiano, uniendo, proponiendo, iniciando en la forja de una vida más sencilla y una sociedad más justa.

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