Decidamos ir a la luna

“Hemos decidido ir a la Luna. Hemos decidido ir a la Luna en esta década, y también afrontar los otros desafíos, no porque sean fáciles, sino porque son difíciles, porque esta meta servirá para organizar y medir lo mejor de nuestras energías y aptitudes, porque es un desafío que estamos dispuestos a aceptar, que no estamos dispuestos a posponer, y que tenemos toda la intención de ganar…”. “Hemos tenido nuestros fracasos, pero también los han tenido los demás, aunque no los admitan. Y posiblemente sean menos públicos”. “Ciertamente, estamos rezagados, y por un tiempo lo estaremos en los vuelos tripulados. Sin embargo, no pretendemos permanecer rezagados, y en esta década, nos recuperaremos y seguiremos adelante”.

Estas líneas son extractos de uno de los discursos más famosos de John F. Kennedy, presentado en la Universidad de Rice en Houston, TX en septiembre de 1962. Recomiendo lo busquen en internet y lo escuchen, especialmente el primer párrafo que transcribo arriba, que es, tal vez, uno de los párrafos más memorables de discursos históricos y que debería ser material obligatorio para niños de secundaria en países como el nuestro. Habla no solo de la exploración espacial, sino de cómo es necesario que las personas, organizaciones y países se pongan metas que a veces parecen inalcanzables o muy difíciles de lograr. Habla de poner plazos y no posponer los grandes proyectos. Habla de enfocar energía y recursos, de poner lo mejor de nosotros para lograr una meta que parece imposible. Nos dice también que habrá fracasos y hay que reconocerlos. Que debemos estar conscientes cuando estamos rezagados respecto a alguien más, pero que es posible recuperar el terreno perdido si ponemos lo mejor de nosotros para hacerlo.

En México, hoy vivimos (como casi siempre) tiempos de campañas, de promesas, de pre-candidatos, de mucha atención a lo superficial y poca a lo sustantivo. Está el país, y sus ciudadanos, secuestrado (“retenido” dirían quienes gobiernan) por miras bajas, por una añoranza por el pasado, por liderazgos huecos, por alternativas chiquitas e insuficientes, por un sentimiento de impotencia y pesimismo acerca de lo que vemos día con día y de las perspectivas de futuro que podemos percibir cuando vemos las opciones para un “nuevo” liderazgo. Queremos pensar que una opción es mucho mejor o muy diferente a la otra, pero parece ser que ambas coinciden no en “ir a la Luna”, sino en difícilmente salir del barrio o provocar un bosquejo de transformación que debería ser mucho menos compleja que mandar un cohete a la Luna hace sesenta años. Las cartas que nos repartieron, si fueran del tarot, nos pintarían un panorama no muy distinto al de los últimos 5 y 35 años. Si fueran de póker, tal vez nos alcanzarían para un par bajo, más de lo mismo. La mano que parece nos tocará jugar no es envidiable y parece inevitable. 

Salta el tema de la Luna ya que apenas esta semana la India logró lo que solo otros tres países habían logrado: aterrizar (alunizar) un vehículo espacial en la Luna. Además, lo hicieron muy cerca del polo sur de la Luna, cosa que ni Rusia, ni Estados Unidos y tampoco China, habían hecho. Mientras en México llevamos 3 semanas con el debate de que si los libros de texto tienen el contenido adecuado o 5 años con lo que parece una destrucción (transformación le dicen algunos) del ya de por sí débil y frágil sistema nacional de investigación y ciencia, en otros países están soñando con miras altas, tan altas como llegar a la Luna. Mientras que a Estados Unidos le tomó poco menos de 7 años ir del discurso de JFK a poner un hombre en la luna, acá en México parece, que ahora sí, inauguraremos “la primera fase” de un tren de 60 kilómetros de longitud, diez años después de que Peña Nieto lo anunciara. Las miras son bajas. Quienes debieran poner la visión y las metas altas, son chiquitos, siguen siendo muy pequeños, por más patriotas que se crean y por más focas aplaudidoras que los rodeen. No parece que estemos realmente soñando con cosas grandes y trascendentes, mucho menos con una verdadera transformación del país. No es suficiente etiquetar un proyecto político como transformación para que eso sea realidad. Nos urge un liderazgo que vaya más allá de la siguiente elección, de quitar al que está para ponerse él (o ella) y sus cuates.

Podemos empezar por un (o una) líder que sea capaz de motivar, de arrancar el aplauso y de poner a niños y jóvenes a soñar con algo más que la comida del día siguiente y a los adultos con el meme o caja china de la semana. Alguien capaz de articular ideas con visión de futuro, sin más dogma que la búsqueda incansable de una real transformación, rodeado de los más calificados, con los recursos alineados para llevar la nave llamada México a esa otra “luna” que es un país más próspero, optimista y ganador.

Qué bien caería un discurso honesto y directo de un candidato que nos haga sentir que las metas son agresivas y convencernos que es capaz de enfrentar los desafíos no porque son fáciles, sino porque son difíciles; reconocer que estamos rezagados, no para criticar al de antes, sino para poder partir y despegar desde un diagnóstico realista y sincero. ¡Escojamos ir a la Luna!

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