Chidísimo.

La fuerza de las palabras es también su tono y el modo en que se pronuncian. Son también las situaciones espaciales en donde son escuchadas, en fin, la manera y circunstancia.

Y si existe un modus norteño del decir, así hay una verborrea chilanga, aunque no generalizada, al menos usada por millones de personas en ese conglomerado de la gran Tenochtitlan, tan sólo por su tamaño.

Incorporado al cine por el “Torito” Pedro Infante, referida por Jiménez, en su “Picardía Mexicana” de los 60, y posteriormente por Alejandro Suárez bajo su personaje de Vulgarcito en la televisión de los 70, y Héctor Suárez a través del Flanagan ya en la siguiente década, el modus chilango chido se presenta como el lenguaje secreto de los barrios y el atropello al buen decir de la academia, dándole algarabía y choteo a su formalidad y acartonamiento.

Retomo, entonces, el inventario de ese fervor folclórico aplicado a cada momento de las conversaciones y enredos.

Para saludar, lejos del ¿cómo te va?: ¿qué pez, Acuamán?, ¿qué pasotes con esos zapatotes?, ¿qué ondita con el pandita?, ¿qué Honduras con las verduras que andan bajas las temperaturas?, ¿qué Pachuca por Toluca?, ¿qué Pachuca por Acámbaro?, ¿qué epasotes con los ejotes?, ¿qué rollo, Goyo?, ¿qué transita por tu avenida?, ¿cómo estanques?, ¿qué ondón, Ramón, con el camarón?, ¿qué tranza, Carranza? o ¿qué pez, marqués?; de entre las que puede escoger.

En respuesta al saludo: vientos huracanados del norte, ¿cómo Estados Unidos?, yo pensé que ya estabas morongas, pero nopales, estás bien vivorobas; o el argot carpintero: ¿dónde es tablas?, que no te vigas, yo creía que ya muebles.

Para decir que algo nos gusta: ¡chido Liro, Ramiro y el vampiro Clodomiro!; ¡me late un restorán!; ¡me late cacahuate!; ¡chido one, Tehuacán!; chiro, Wampiro; ¡cámara, conchinchín!; o ta’ chin, calabazin.

Para demostrar asombro: ¡ay, Jonás, dijo la ballena cuando lo sintió en el ombligo!, ¡asústame, pantera!, ¡espántame panteón!, o también: ¡asústame, gasparín!
Cuando algo no es de tu gusto: ta’ gacho, garnacho; o también: ta’ para mearlo; o ta’ feo, Mateo.
Para confirmar que somos mejores: ¡soy la pura verdura!, o ¡soy la mera vena!, ¡soy la leyenda enmascarada!, ¡me la rifé!, ¡soy la neta, metralleta, patineta!, ¡soy el más verruga!, ¡soy el ay nanita!, ¡ando bien pantera!, ¡soy a todo calzón!, o ¡soy la neta del planeta!

Si queremos afirmar que es verdad lo que decimos: ¡agüelo, soy tu nieto!, sincho, sífilis, cilantro, siniestro, cinta, sierra y sigocha.

Y como fuimos educados, que avisamos hasta para ir al baño y no simplemente vamos, también hay palabras: ¡ahí te va mi cake!, ¡voy a tirar la calaca!, ¡voy a sacar el chile de la lata!, ¡voy a sacar la carne de la olla!, ¡voy a echar a nadar al topo!, ¡voy a plantar un pino!, ¡voy a tirar la basura!, ¡voy a platicar con el guapo Ben!, ¡voy a sacarle el cacahuate a la piñata!, voy a tirar un lodo, voy a jugar carreras de nutrias, voy a barnizar la taza, ¡voy a cambiarle el agua a las aceitunas!, ¡voy a drenar la lagartija!, voy a dar de beber al cocodrilo o voy a airear al tiburón.

Para despedirnos: ¡ahí la bestia peluda!, ¡como dijo el gran Tom Boy, yo ya me voy!, ¡como dijo el Santo Papa, chin chin Jalapa!, ¡como dijo el cirujano, parto sin dolor!, ¡este osito de peluche ya se va para su estuche!, ¡este muñeco cambia de aparador!, si escupen un gargajo yo me voy pa’ el carajo y también: alguien abrió un cajón y yo me voy pa’ mi cantón.

Y si la conversación se torna agresiva y hay que tranquilizar a alguien: ¡sereno, moreno!, ¡no te calientes, cazuela, que el chorizo no es para ti!, ¡no te calientes, plancha!, ¡calmantes, montes!, ¡aguanta candela! También: si he sabido que se ensucian, no les cambio de pañal.

Léxico de una cultura que no niega la cruz de su parroquia y que va cargando con su cruz, no obstante terremotos y hundimientos. Otras voces, como la de Julia Cambia, concuerdan que debería ser más libre y menos conservadora la gramática y sus reglas: “un idioma que estuviese obligado a ajustarse a la gramática sería algo así como una naturaleza que estuviese obligada a ajustarse a la Historia natural”. Al fin de cuentas es la repetición del verbo lo que hace las cosas, ¿o será al revés?

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