La honestidad frente a la corrupción, cómo educar en distintos frentes

La corrupción sigue siendo una de las principales preocupaciones paa el 68 por ciento de la sociedad como refleja una encuesta del Centro de Investigaciones Científicas. Para atajar esta situación es importante cambiar la mentalidad desde la educación de los niños. A la familia, el colegio, los medios de comunicación y a toda la sociedad en general nos corresponde realizar un cambio que nos haga mejores y estos podrían ser algunos de ellos.

La honestidad en la familia

Los niños se miran en el espejo de sus padres. Nuestros hijos nos miran constantemente con el rabillo del ojo, nos observan, nos escudriñan, ven cómo actuamos y así se van forjando como personas, si un niño ve que sus padres mienten, falsean, se gritan, él también lo hará. Si un niño ve que sus padres son honestos, dicen la verdad, se entregan ellos irán aprendiendo a hacerlo así. Muchas veces nos sobran los discursos, necesitan ejemplos, con una mirada comprenden muchas cosas.

Para Carmen Sánchez Maíllo, secretaria académica del Instituto de la Familia, de Universidad CEU San Pablo, es fundamental que la educación en virtudes -prefiere el término virtudes al término valores- empiece en las casas. “Las virtudes son cualidades personales que los niños van aprendiendo y se hacen hábitos, que les hacen sentir contentos de actuar bien”. Por eso es fundamental educar en los pequeños detalles, “mostrando que es peor mentir que reconocer un error del que se es perdonado, y también a ser justo, respetando las cosas de sus hermanos, de su amigos, etc, devolviendo cosas que le hayan prestado, por ejemplo”.

Algo ha cambiado en la familia que ha transformado aspectos de la educación. “En el pasado, toda la sociedad entera (familia extensa, abuelos, tíos, amigos, vecinos) contribuía mejor a educar a las personas, los niños tenían más modelos de austeridad, de trabajo, de honradez, de ejemplaridad. Hoy vivimos sociedad más individualista y egocéntrica, centrada en éxito de lo económico”. La transformación de los modelos es clave: “Los que que se nos presentan como más atractivos son aquellos que ganan mucho dinero y parece que por ello tienen mucho éxito social”.

Pero Sánchez Maíllo confía en que se puede cambiar esta tendencia: “es posible ir mostrando a nuestros hijos que la verdadera alegría se produce cuando actuamos a la altura de nuestro corazón, que desea lo verdadero, no lo falso, lo bello, no lo feo, la compañía y no la soledad. Esa compañía se aprende en familia. Nuestros hijos solo se lo creen si ven que es posible en la vida de sus padres”.

La honestidad en la educación

Sonia Rivas, profesora del Departamento de Aprendizaje y Currículum, de la Facultad de Educación y Psicología de la UNAV, defiende que la educación en la honestidad tiene que ser transversal y proceder de todos los ámbitos en los que el niño está siendo formado. Pero la principal responsabilidad recae en las familias y escuela y sociedad solo actúan de manera subsidiaria. “Si esta labor en la familia no se lleva a cabo y se deja en manos de terceros (la escuela, la sociedad), la posterior asunción de responsabilidades individuales es mucho más difícil de conseguir”.

En su opinión, el problema de la actual generación radica en una cuestión de “modas en el vocabulario familiar”, más que de los valores que se enseñan. “Las familias siguen educando en lo que conlleva el valor de la honradez: tratan que sus hijos no digan mentiras, que cumplan con la palabra dada, que confíen en el otro, que sepan qué es bueno o malo para uno y para los demás y que se comporten coherentemente, etc. En cambio, sí que está de moda en el ‘vocabulario familiar’ la palabra éxito o triunfo. En sí no es malo perseguir el éxito, aunque lógicamente no a cualquier precio y sin valorar el cómo. Siempre y cuando estas palabras, que no son malas en sí mismas, se acompañen de valores positivos (coherencia, honestidad, honradez, lealtad), se estará en el camino correcto en la educación de sus hijos”.

Para alcanzar el éxito educativo, lo fundamental es el ejemplo porque los hijos aprenden “a través de las vivencias de estos valores en la familia. Por tanto, los padres no deben olvidar que ellos deben ser los primeros que cuiden el valor que quieren transmitir”.

La honestidad en el colegio

El patio del colegio, el comportamiento en la fila para ir a clase o en el aula, son experimentos a pequeña escala de la realidad social. Allí se van forjando los caracteres de los niños. Las escenas se repiten a lo largo de la historia, y los primeros ejemplos de pérdida de la honradez y del respeto empiezan en la figura del niño matón que, a pequeña escala, extorsiona a los compañeros más débiles para arrebatarles la merienda o los cromos. Si la sociedad escolar lo convierte en el más fuerte, en el modelo de éxito, se habrá generado un problema. Junto a ese niño, están los demás modelos de actuación: los que se dejan maltratar sin oponerse, los que animan al matón, los que callan por temor. En todos ellos hay reflejos de los comportamientos de la sociedad adulta.

Inés Albánchez Garrosa, directora del Colegio CEU Montepríncipe, explica cómo actúa la comunidad educativa en estos casos: “En nuestro centro, tenemos permanentemente personal del equipo de orientación, además de los profesores, que analiza las actitudes en el patio. Después, los problemas se trabajan tanto desde orientación como en el aula y a través de tutorías. Cuando se detectan problemas en la actitud de los niños, se trabaja de manera muy coordinada. Con los niños, la mejor forma de actuación para que comprendan el valor de la honestidad es enseñarlos a ponerse en lugar del otros”.

Para Albánchez, hay un interesante análisis social aplicable a los últimos años que ha simplificado la educación en materia de honestidad y honradez. “La crisis nos ha venido bien para replantearnos las cosas desde el punto de vista del éxito. La cultura del pelotazo influía mucho socialmente, en particular en la cultura de adolescentes y jóvenes. Eso ya se ha acabado”.

Pero la familia y la escuela no pueden olvidar que estos valores se enseñan a los niños “desde el día en que nacen y, por supuesto, desde el momento en que empiezan el colegio. Se trabaja con la honestidad ya en las asambleas de la etapa infantil. Si de pequeños se ha hecho un buen trabajo, será más sencillo en la adolescencia. Pero en contra de lo que se suele pensar, los alumnos mayores suelen reconocer sus problemas sus errores, actitud necesaria para ser honestos”.

Compartir