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La Guerra de la Mujer No es contra el Hombre, es contra el Sistema Económico

Óscar Sala - Opinión - 27/11/2019

No desde hace mucho tiempo, pero cada vez con más frecuencia, las mujeres están alzando la voz para señalar y discutir el acoso sexual en el lugar de trabajo; la lucha es multifacética, pero en el fondo, las mujeres quieren la igualdad económica y política de los hombres. De todos los aspectos que se vea el fenómeno, lo que no se cuestiona es el sistema que ha permitido y mantenido esa subordinación al género masculino: el capitalismo.

Para comprender como a las mujeres se les ha negado sistemáticamente gran parte de lo que el capitalismo ha proporcionado a sus pares masculinos, necesitamos volver a una era precapitalista.

Antes del capitalismo, existía el feudalismo, una estructura social en la que la mayoría de las personas (siervos) trabajaban y respondían a los señores feudales, quienes a cambio les otorgaban tierras y protección. A menudo había poco o ningún uso del dinero; los lores no contrataban trabajadores, la subordinación fue personal y sancionada por la iglesia. Las personas estaban atadas a la tierra en la que nacieron, y no existía la separación que hoy damos por sentado entre el trabajo y el hogar.

Cuando comenzó la transición del feudalismo al capitalismo, comenzando en la Inglaterra del Siglo XVII antes de extenderse a nivel mundial, partidarios entusiastas prometieron que el nuevo sistema económico traería la libertad individual, la igualdad, la solidaridad social y la democracia que la gente anhelaba. El lema de la Revolución Francesa que derrocó al feudalismo fue “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, a lo que la Revolución Americana agregó “Democracia”.

Para los hombres, el capitalismo significaba el escape; escapar de pertenecer a un señor, de estar atado a la tierra y a rígidas jerarquías; ya eran libres para vender su trabajo a quien quisieran, sin ninguna obligación moral o religiosa; Los hombres disfrutaron su escape del feudalismo, incluso cuando se encontraron atrapados dentro de la relación empleado – patrón del capitalismo.

Mientras tanto, la mayoría de las mujeres fueron excluidas, incluso de los limitados beneficios que disfrutaban los hombres; tampoco proporcionó empleo decente para hombres y mujeres. La solución fue insistir en que las mujeres se quedasen en casa. El salario de un hombre, más el trabajo de la mujer en el hogar, significaba que no se necesitaba una gran cantidad de empleos pagados para las mujeres. Los patrones capitalistas también lograron evitar pagar por el cuidado infantil que la mujer proporciona en casa y que deberían asumir si la mujer fueran sus empleadas.

En el hogar, las mujeres cocinaban, limpiaban la casa, ropa y platos; reparaban muebles; se encargaban de cuidado de los niños, incluyendo su salud. Ellas trabajaron como siervos feudales; la vida de los hombres navegaba diariamente entre el feudalismo doméstico y el capitalismo laboral. Explotados por los capitalistas en el trabajo, los hombres podrían, a su vez, explotar a sus esposas en casa.

Es la subordinación de las mujeres dentro de los hogares lo que ha producido muchas de las desigualdades, discriminaciones y abusos que las mujeres protestan hasta el día de hoy.

En el siglo pasado, durante la Segunda Guerra Mundial, se vio a un gran número de mujeres ingresar a la fuerza laboral; luego a finales del Siglo XX, en la década de 1970, cuando la automatización y la globalización pusieron fin a la larga tradición de aumento de los salarios reales en el mundo que las mujeres ingresaron al lugar de trabajo para traer más dinero a la familia.

Un gran número de mujeres comenzaron a trabajar fuera del hogar, a menudo asumieron el pesado doble turno de la casa y el trabajo. Sin embargo, la mujer tiende a ser canalizada hacia trabajos de “cuello rosado”, menos pagados, como el comercio minorista, la enfermería o la enseñanza.

Desde el principio, todo el tiempo y en todos los lugares de trabajo, las mujeres tenían que lidiar con las ansiedades competitivas de los hombres. Esto a menudo se manifestó en intentos de algunos hombres de extender la desigualdad doméstica al lugar de trabajo, como todavía pasa en la actualidad, con todo y sus altos costos.

Pero a medida que las mujeres luchan por la igualdad con los hombres, muchas se han dado cuenta que el problema final no son los hombres. Más bien, es el sistema que ha posicionado a hombres y mujeres en una relación económica desigual con los empleadores y que infecta todos los demás aspectos de sus relaciones. Existe un movimiento de mujeres que quieren más que solo trabajar junto a los hombres dentro de un capitalismo que continúa subordinándolos y explotándolos a ambos.

Hacer eso requiere que reorganicemos la forma en que administramos hogares y negocios de manera que no sean capitalistas ni feudales. En cambio, los lugares de trabajo pueden organizarse como comunidades democráticas. La premisa de tales “cooperativas de trabajadores” es que la democracia que tanto se respalda para la política también pertenece a la economía. Tal cambio podría liberar a mujeres y hombres de quedar atrapados en el sistema que no sirve a ninguno de los dos.

La semilla está sembrada; lo hemos empezado a ver, aunque esas empresas no saben que no saben lo que un sistema socialista es y para evitar utilizar esa diabólica palabra, les llaman de otra forma como “Espacios colaborativos” (“Coworking Space”) o “Tanques de pensamiento” (Think Tanks), que son espacios de trabajo colaborativo y con sentido de comunidad que permite el intercambio de ideas, estrategias y recursos en un ambiente de igualdad y cooperación.

TODO COMIENZA EN UNO.

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