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La Fuerza más Poderosa de la Tierra

Óscar Sala - Opinión - 02/08/2020

La madre naturaleza es una asesina en serie. Nadie la supera, nadie es más creativo; desde el Siglo III antes de nuestra era y hasta hoy, los estoicos nos recuerdan lo débiles que somos en comparación con la fuerza y los caprichos de la naturaleza. ¿Por qué enojarse con el mundo, pregunta Marcus, citando a Eurípides, como si el mundo se diera cuenta? Séneca se burla de Claudio y su absurda Ilusión para pretender inmortalizarse con su impotente declaración de guerra contra el mar y la orden a sus soldados de atacar las olas con sus espadas.

Séneca escribe: “La naturaleza ejerce su propio poder y hace que su presencia sea conocida, incluso por los más fuertes“. No importa lo que pienses, no importa lo que digas; no importa qué tan bien calculados y sólidos sean tus planes o qué poderoso seas, la naturaleza es más poderosa. La naturaleza hizo que Alejandro Magno y su conductor de mulas compartieran el mismo terreno al morir, como lo escribe Marco Aurelio en sus Meditaciones, la naturaleza también a ti te humillara sí no le das el lugar que le corresponde.

Te puedes sentirte poderoso. puedes ser joven y estar en plena forma física; puedes aceptar el cuento que la tecnología ofrece sobre la extensión radical de la vida. Puede que te encuentres agobiado en una gran ciudad donde los arrojos de la naturaleza están fuera de la vista y fuera de tu mente, pero no lo estarás. Nada está o estará por encima de la naturaleza, ni hoy ni nunca.

De seguro has visto fotos de como un tronco de árbol se traga una lápida o comunidades enteras; la naturaleza es una fuerza invicta e imparable, jamás estaremos cerca de dominarla. La naturaleza no solo está destrozando nuestros cuerpos físicos cada día que pasa y la honramos con nuestra presencia, sino que hasta cuando respiremos por última vez, en ese último aliento, eventualmente devorará incluso nuestros recuerdos y nuestras obras.

La vida humana es frágil y fugaz y el mundo es una serie despiadada de cambios y extinciones. Nacimos para perecer. “¿Cómo encuentra la tierra espacio para todos los cuerpos enterrados en ella desde el principio de los tiempos?” Marco Aurelio se preguntó, y luego se respondió: “A través del cambio y la descomposición … absorbidos en la razón universal de donde surgen todas las cosas, y así hacer espacio para los recién llegados”.

Ya en nuestra era, Stephen Covey dice: “La naturaleza nos enseña muchas cosas; nos produce una sensación de equilibrio y armonía a pesar del caos que nos rodea. Todo forma parte de un ciclo natural de crecimiento y cambio permanente. Estar en contacto con ella nos recuerda que hay leyes y que estas leyes nos gobiernan.” Saber sincronizarse al ritmo de la naturaleza es clave importante para la transformación humana. El mundo decadente en que vivimos ha separado a millones de personas del contacto con la naturaleza; la agresividad y la violencia que hay actualmente en las ciudades es una de sus consecuencias. Los niños que han crecido al margen de ese contacto se encuentran desprovistos de medios con que contrarrestar el desarrollo de los viejos mecanismos mentales-emocionales de la personalidad, y son fácilmente manipulables.

El ser humano necesita el contacto profundo con la naturaleza, en todas sus formas, mojarse en el río, llenarse de lodo, jugar en el bosque, seguir las huellas de algún animal o investigar las adaptaciones de los seres vivos a su medio, la formación de las rocas o la distribución de la vegetación, son experiencias mágicas.

A mí gusta salir al campo y disfrutar de la naturaleza, en ocasiones me encuentro con lo que gente sin civismo va dejando por allí sin ningún respeto por el entorno: cascos de botellas, latas, cartones, muebles, sofas; en pocas palabras, basura.  Respetar la Naturaleza no significa tan solo respetar el entorno en el que vivimos, conservar un paisaje de especial belleza o salvar de la extinción a las ballenas o los elefantes. A la larga, el respeto por la naturaleza nos lleva a cambiar nuestra forma de vivir y nuestra actitud respecto del mundo y de nosotros mismos. Durante los últimos siglos (sobre todo desde el siglo XVII, con la Revolución Científica de Galileo, Descartes y Newton) en nuestro hemisferio hemos pensado que la naturaleza es algo sin vida y, por tanto, no merece ninguna consideración especial; nos hemos acostumbrado a ver la naturaleza como algo que está totalmente a nuestra disposición: un almacén del cual extraer materias primas y un vertedero ilimitado donde alojar nuestros residuos. Pero desde hace unas décadas, una serie de acontecimientos nos han demostrado que no podemos mantener por más tiempo esta actitud.

El mundo contemporáneo tiene muchos medios para abstraerse de la realidad inmediata y de la lectura de los titulares de los periódicos podríamos deducir que la crisis ecológica no parecer una cuestión urgente, aunque ocasionalmente los medios de comunicación citan informes, estudios o declaraciones que reconocen la gravedad de la situación, no solemos darnos cuenta de la mayoría de las agresiones que hacemos a la naturaleza.

Vivimos en una sociedad cuyos pilares son la producción y el consumo ilimitados. Tendemos a pensar que más consumo significa más felicidad; es evidente que por debajo de cierto nivel de pobreza es prácticamente imposible tener una vida digna, pero una vez satisfechas nuestras necesidades básicas, el aumento del consumo no tiene que nada que ver con el bienestar o la felicidad. Pareciera que la naturaleza es la que pagará por esa adicción al crecimiento (que no es lo mismo que desarrollo) pero en realidad es ésta, la Pachamama, quien nos va llevando la cuenta hasta que es tiempo de cobrar con intereses. Evita contaminar, la naturaleza te sacudirá como un perro que se sacude una pulga; cualquier ganancia aparente es temporal y efímera, lo hemos visto a lo largo de nuestra vida y mientras no aprendamos la lección, la naturaleza seguirá castigando todas nuestras necedades.

No existe sanción económica impuesta por las autoridades que se le acerque a lo que la misma naturaleza cobra por sí misma. Su combinación favorita, la que a la naturaleza más le agrada para humillar a los hombres, es aquella que tiene una mezcla de soberbia, arrogancia y, sobre todo, ignorancia; pero cuando esa composición se ve acompañada de codicia y una gran dosis de estupidez, las consecuencias son devastadoras. El declarar la guerra a la naturaleza tratando de contener los cauces de arroyos, tratar de modificar el paso natural de las corrientes de agua o edificar menospreciando la fuerza del viento, no sólo es una tontería sino un síntoma de demencia.

Hace unos días, la naturaleza mostró su poder. El mensaje lo llevó consigo una mujer, Hanna, quien sin apresurarse, de manera tranquila, regó constantemente los campos del noreste de México con beneficial lluvia por varios días y, aunque hubo desgracias personales, también puso al descubierto la incapacidad técnica y moral de quienes autorizan desarrollos de inmobiliarios en zonas de riesgo a constructores sin escrúpulos o permiten asentamientos en lugares ligados históricamente al desarrollo de la ciudad, como la Sierra de Zapalinamé, principal fuente de agua y reguladora del clima de la ciudad de Saltillo.

Sin embargo, la responsabilidad no es exclusiva de las autoridades y de las compañías constructoras, los habitantes continuamente faltan al compromiso de disponer su basura, su escombro y desperdicios en sitios apropiados para ello; la basura de las calles, ríos, terrenos baldíos o de las montañas es utilizada por la naturaleza como material didáctico en su afán por enseñarnos respeto a nuestra casa el Planeta Tierra.

El Gran Jefe Seattle, de la tribu de los Suquamish, le escribe en una carta a Franklin Pierce, presidente de los Estados Unidos de América, el siguiente fragmento:

Es necesario que enseñen a sus hijos, lo que nuestros hijos ya saben, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que ocurra a la tierra, le ocurrirá también a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen en el suelo, se están escupiendo así mismos. Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra…todas las cosas están ligadas como la sangre que une a una familia. El sufrimiento de la tierra se convertirá en sufrimiento para los hijos de la tierra. El hombre no ha tejido la red que es la vida, solo es un hilo más de la trama. Lo que éste hace con la trama se lo está haciendo a sí mismo. Esta tierra es preciosa, y despreciarla es despreciar a su Creador y se provocaría su ira. También los blancos se extinguirán, quizás antes que todas las otras tribus. Contaminan sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios desechos. Ustedes caminan hacia su destrucción rodeados de gloria, inspirados por la fuerza del dios que los trajo a esta tierra y que por algún designio especial les dio dominio sobre ella y sobre el Piel Roja… ¿Dónde está el matorral? Desapareció. ¿Dónde está el águila? Desapareció.  Es el final de la vida y el inicio de la supervivencia.”

Acepta eso y vive bien mientras puedas.

TODO COMIENZA EN UNO

OS

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