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Éramos felices y no lo sabíamos

La humanidad atraviesa momentos difíciles, diferentes, únicos. La restricción de nuestras libertades, el prolongado confinamiento, la falta de convivencia social y la caída en la actividad económica hacen que extrañemos el pasado. “Éramos felices y no lo sabíamos”, se escucha decir con mayor frecuencia.

En los seres humanos existe un sentimiento de añoranza relacionado con todo lo pretérito, un pensamiento de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Eso no significa la ausencia de situaciones adversas en épocas anteriores, observaba Ernesto Sabato, lo que pasa es que “felizmente, la gente las echa en el olvido”.

Recordé una película de Woody Allen que vi hace algún tiempo, cuando todavía se podía acudir a los cines. El reconocido director norteamericano lleva esta idea a la pantalla gigante en un rodaje titulado Media Noche en París. El protagonista es un escritor novato obsesionado con la época de Hemingway, Modigliani, Picasso y Dalí. Inexplicablemente se transporta a los años 20 del siglo pasado para encontrarse y convivir con esos personajes y, finalmente descubrir que, a su vez, ellos añoraban con vivir en la “Belle Époque”, es decir, en las últimas décadas del siglo XIX y hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial.

Cada época de la historia ha tenido sus atractivos indiscutibles, pero también sus retos que afrontar. El problema es que inconscientemente magnificamos los primeros y minimizamos los segundos, lo que nos causa un sentimiento constante de estrés y de angustia. Como diría el maestro Borges al iniciar uno de sus cuentos: “les tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en los que vivir”.

El pasado en el pasado está. No podemos vivir anclados ni querer regresar a él. De hecho, no deberíamos querer retornar. Los avances tecnológicos, científicos y médicos han incrementado enormemente nuestra esperanza de vida y nos permiten vivir con comodidades que hace un siglo no hubiéramos soñado siquiera.

El pasado es aprendizaje y sabiduría, nunca destino. Como al manejar un vehículo, debe verse para atrás de reojo a través del pequeño espejo retrovisor, pero sin descuidar la vista siempre hacia delante, por eso lo enorme del vidrio frontal.

Algunas cosas y prácticas eventualmente volverán, otras se irán para siempre. Valoremos lo que tenemos en lugar de extrañar lo que perdimos. Ya nos acostumbraremos.

En lugar de estar añorando regresar a un pasado que no volverá busquemos la felicidad en el aquí y ahora. Al fin de cuentas el pasado solo existe en nuestro recuerdo y el futuro es un anhelo. Lo único seguro que tenemos es el presente.

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* “El contenido, conceptos y juicios de valor del presente artículo son responsabilidad del autor y no necesariamente son compartidos por la Edición, y/o los propietarios de este Periódico”.
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